El me ofreció un camisón casi transparente para dormir.
—Deberás usarlo. —dijo él, con su voz imponente de jefe. —Quiero que duermas con eso cada noche.
Eso me molestó.
—¿Y si no quiero? —pregunté, rebelde.
El me lanzó una sonrisa de lo más seductora.
—Querrás, te lo aseguro.
Así era nuestra rutina de conversación. Joder, esto era tan nuevo para mí. A veces, caía en la cuenta de que estaba al otro lado del mundo con un millonario cuya naturaleza no conocía muy bien, con particulares costumbres