Regreso a mi habitación antes de que toda esa gente desquiciada, llena de rabia y resentimiento, termine de desahogar su veneno sobre mí. Iris y Bob me ayudan a subir, y, para mi sorpresa, Natalia también nos sigue.
Al llegar a la puerta, le digo a Bob que puede retirarse a descansar, pero noto cómo Natalia lo observa más de lo necesario. Sus mejillas se tiñen de un rojo intenso, como si hubiera bebido un licor demasiado fuerte. ¿Qué demonios? Según sé, apenas tiene diecisiete años.
Bob, en cam