Ya no quedaban rastros de la confianza y el triunfo que había sentido al salir de esa casa horas antes. Ahora estaba convertida en un manojo de nervios y arrepentimiento.
El beso de Oliver no dejaba de repetirse en su mente como un recordatorio de que había dejado que el asesino de su hermana la tocara.
Era asqueroso. Y se sentía terrible, no podía parar de llorar por eso.
Anastasia la vio llegar sola y en mal estado, así que no perdió oportunidad de acercarse a curiosear.
—¿Dónde se supone