El miércoles al mediodía, fue Durán quien me cerró el paso en la galería del primer piso.
Era la primera vez que el jefe de sistemas se dirigía a mí de forma directa. Hasta ese momento, solo había sido una presencia alta y silenciosa en el fondo de los salones, el tipo de hombre que mide cada espacio con la mirada y que parece saber exactamente cuántos pasos hay entre la puerta y la salida de emergencia más cercana.
—Buenos días, señorita —dijo, usando un acento cerrado que mezclaba el italiano