Nos detuvimos a dos pasos de distancia. La corriente de aire en el pasillo pareció congelarse al instante.
—Buenos días, Valentina —dijo él. Su voz rasgó el silencio con esa gravedad rasposa que siempre me erizaba la piel.
—Buenos días.
Un silencio denso y cargado de electricidad se instaló entre los dos.
Estábamos parados a cerca de la puerta del ala este. La entrada a la sala de baile flotaba a nuestra derecha como un secreto a voces que ninguno de los dos podía ignorar.
Dante desvió la vista