—¡Claro que no! —exclamó el abuelo y acunó el rostro de su nieta—. Tu padre no era malo, Arturo estaba molesto, èl se ha equivocado, hija, pero no olvides el motivo, fue engañado, fue una trampa y…
—¡No lo defiendas, abuelo! Arturo es un imbécil que no merece ni perdón, ni olvido, además; Mia y yo nos vamos a casar.
Todos se quedaron congelados de nuevo, esas palabras cayeron sobre sus cuerpos como cubetas de agua helada.
—¡¿Qué?! —exclamó Jorge, siendo el primero en hablar.
—Tal como lo oyes, p