Diego estaba por irse, sentía tanta rabia, cuando Silvia lo detuvo.
—¡Hay una casa en la isla Palma, seguro que esa mujer está ahí! Búscala, y devuelve la empresa, ¡has hecho suficiente daño!
Digo que se devolvió, había una esperanza brillando en su rostro.
—¡¿Dónde?! Diga, ¿en dónde está? —exclamó.
Jerónimo dio la dirección.
—Diego, al menos sé un caballero, dinos, si la encuentras, debo pedirle perdón.
Diego no dijo nada, salió a toda prisa.
—¡Devuelve las acciones!
—¡Cállate, mujer! —Jerónimo