Amaranta se alejó de sus labios, y Diego hundió la mirada con decepción.
—¿Me obligarás a ser tu mujer? —exclamó con voz temblorosa.
Diego abrió ojos enormes y negó.
—Nunca harías algo así, no sé qué hombre piensan que soy.
Diego se sentó al lado de la cama, hubo un silencio aplastante entre los dos.
—¿Por qué te casaste? Esta vez nadie te obligó, Amaranta, ¿no crees que merezco una explicación? ¿Quién crees que soy? Tan poca cosa soy en tu mirada que no te importa humillarme así.
Los ojos de Am