Un silencio casi sepulcral invadió en la mesa, se miraron unos a otros.
Amaranta tocó su pecho, tuvo un miedo atroz.
Las manos de Diego temblaban al ver esa imagen, luego mirò a Amaranta, la decepción en su mirada hizo que la mujer temblara de miedo.
—¡No! Escúchame, Diego.
Amaranta quiso tocarlo, pero èl se alejó.
—¿Fue con este hombre con que escapaste? —exclamó Diego.
Amaranta tembló, no sabía qué decir.
—¡Claro! —exclamó rabioso, recordando todo—. ¡Dijiste que era un hombre casado, que te en