TOBIAS
Clara me observa como si me hubieran salido dos cabezas, desde que llevé a la cama a mi hija y entré a una de las habitaciones de huéspedes, no ha dejado de caminar de un lado a otro, la conozco tan bien, como puedo asegurar que está haciendo una tormenta dentro de un vaso de agua. El clic de la puerta hace que salga de su ensimismamiento, y el que venga con esos pantalones cortos y ajustados, no me ayuda mucho a mantener la cordura.
—Una hija —comienza—. Tienes una hija y no me habías