El sonido de la lluvia se mezclaba con la intensidad de la corriente, frente a las dos mujeres, a unos metros de distancia entre un suelo rocosos y desnivelado, el río avanzaba a pasos feroces, arrastrando consigo ramas y troncos viejos.
Los relámpagos iluminaban la escena, así como la farola que llevaba en una de sus manos la marquesa Verónica, con su brazo libre, obligaba a la Reina a caminar.
—Por aquí está Bertrand. Hay que hacer el llamado con el silbato para que nos escuchen —decía con