La noche ya estaba muy avanzada; sin embargo, Mary continuaba sentada, absorta en sus pensamientos, a solas en el sofá de la espaciosa y desierta sala de estar.
Una inquietud que le quemaba el pecho desde la tarde le impedía por completo conciliar el sueño.
De pronto, el silencio de la noche fue fracturado por el destello de unos faros resplandecientes que barrieron el ventanal, iluminando el jardín delantero.
—¿Erick? —Mary se puso de pie de un salto. Su corazón latió con fuerza, debatiéndose