—Tu no me dirás cómo debo solucionar mis asuntos. —Lleva una mano a mi boca para callarme.
—Lo siento.
—¿Por qué me estás ayudando? No me conoces mucho.
—Me caíste bien en el supermercado.
—Gracias, eres muy amable —se incorpora—, perdóname, por un momento pensé que coqueteaba conmigo en el supermercado y por eso me fui así.
—¿Por qué pides perdón?
—Porque te juzgué mal.
—En ese caso, yo lo lamento, creí que cuando me preguntaste si mis huevos estaban bien, pensé que era en doble sentido