— Sasha está cuidando de sus heridas — dice Luciana con sencillez, manteniéndose firme a pesar de estar cansada de toda esta situación. — Dejé el ungüento listo para que ella lo aplique.
Lovetta retrocede un paso, las palabras de Luciana girando en su mente como cuchillas afiladas. Su rostro se contorsiona de ira, y el resentimiento es palpable. Aprieta los puños con tanta fuerza que sus uñas perforan las palmas de sus manos, pero el dolor físico no es nada comparado con la humillación de ser r