—Será mejor que busques otro coche.
—¡¿Qué?! —exclamó Camila—. No puedes hacer esto ahora. Sabes que acabo de recibir una transfusión hace unas horas. No estoy bien, así que déjame entrar.
—Está bien —sonrió con suficiencia—. Entonces controla tu boca.
Abrió la puerta.
Camila subió al auto mientras él se incorporaba al tráfico.
—Ya sé que eres desalmado, no necesitas demostrármelo —murmuró.
—Sabes que aún puedo dejarte aquí —respondió él con una leve sonrisa—. Y adivina qué: ningún