LYRA
El amanecer trajo consigo un frío glacial que calaba hasta los huesos. El gran salón se había quedado atrás, pero el calor del cuerpo de Darian todavía quemaba en mi piel mientras caminábamos hacia el claro sagrado.
El altar de la Diosa era un círculo de piedras milenarias cubiertas de musgo, erigido en el corazón del bosque ancestral que dividía los territorios de ambas manadas. El aire olía a incienso sagrado, madera y a la expectativa silenciosa de cientos de hombres lobo. A un lado del