CAPITULO 5: ¿Es en serio?

DARIAN

—¿En serio tenías que traerme precisamente al despacho de tu padre? —dije, alzando la mirada hacia ella con una ceja levantada y tratando de recuperar mi postura.

—¿Preferías que habláramos en medio del salón frente a más de cincuenta lobos con las orejas paradas, Nightbane? —me devolvió el golpe sin dudarlo, cruzándose de brazos con una suficiencia que me encendió la sangre.

Miré sus ojos verde esmeralda—¿Vas a regañarme, Blackwood?

—No —hizo una pausa, entrecerrando la mirada y evaluando cada centímetro de mi postura—. Aunque podría.

Ahí estaba. La Lyra de siempre. Intacta, afilada y completamente ajena al pánico que este giro del destino intentaba imponernos.

Suspiré, apartando la mirada un segundo.

—¿Qué quieres? —me preguntó con la guardia alta, endureciendo la voz.

—Hablar —mi voz bajó de tono, perdiendo la agresividad fingida pero manteniendo una firmeza absoluta.

—¿Sobre qué? —Su mirada chocó con la mía en el silencio sepulcral de la habitación, cortando el aire con la precisión de una cuchilla. —¿Sobre esto?.

No necesitaba preguntar qué era "esto". El vínculo. La maldita imposición de la Diosa Luna que acababa de dinamitar los cimientos de nuestra rivalidad. Nuestro problema insalvable.

—No voy a obligarte a nada —la frase salió de mi boca antes de que pudiera frenarla, un reflejo de honor que mi propio lobo criticó en silencio.

Lyra se quedó paralizada un segundo, parpadeando con genuina sorpresa.

—¿No?

—No —negué con la cabeza, enderezando los hombros—. No soy esa clase de Alfa. No voy a usar una marca forzada solo porque el destino decidió jugar con nosotros.

Hubo un silencio pesado, denso, donde lo único que se escuchaba era el crujido lejano de la leña en el salón principal.

—Bien —respondió de inmediato. Demasiado rápido.

Y aunque mi lógica aplaudía su sensatez, el orgullo de mi parte masculina... me molestó. Me molestó profundamente.

—¿Eso es todo lo que vas a decir? —levanté una ceja, sintiendo un tic de impaciencia en la mandíbula.

—¿Esperabas que saltara de alegría y llorara de felicidad porque resulte ser la pareja del gran Darian Nightbane? —soltó con un sarcasmo tan ácido que casi pude saborearlo.

—Para nada.

—Entonces estamos bien.

La observé en silencio, tragándome la réplica. Era increíble. 

—Pero entonces... tenemos un problema político grave —dijo finalmente, cambiando el tono de golpe mientras daba dos pasos hacia el centro de la oficina, volviendo a su rol de estratega.

Asentí con gravedad, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Lo sé.

—Nuestros padres no aceptarán que simplemente ignoremos o rechacemos el vínculo.

La palabra quedó suspendida en el aire frío entre nosotros: rechazar. Rechazar un vínculo sagrado entre dos Alfas herederos no era una opción sencilla. Podía fracturar la frágil alianza entre las manadas Blackwood y Nightbane, desatando una guerra por el control del territorio norte.

—Lo sé —repetí en voz baja, sintiendo el peso del liderazgo caer sobre mis hombros con más fuerza que nunca.

Lyra suspiró largamente, pasándose una mano por el cabello rubio dorado y desordenando los mechones perfectos que llevaba para la gala.

—Odio cuando estamos de acuerdo.

Una leve, casi imperceptible sonrisa se me escapó a pesar del momento.

—Me sorprende que lo admitas, Blackwood.

—No te acostumbres, Nightbane —sentenció con una amenaza juguetona en la mirada, aunque sus ojos ya no destellaban esa furia ciega del principio.

Y ahí estaba de nuevo. La rivalidad, la fiera, la mujer capaz de hacerme perder la paciencia con una sola frase. Pero ahora había un matiz diferente, un abismo sutil que lo alteraba todo. Porque por primera vez en años, entendí algo fundamental: no me molestaba que Lyra me desafiara. Lo que me aterraba, y a la vez me fascinaba, era darme cuenta de que era la única persona en todo el territorio capaz de hacerlo sin pestañear.

Se giró hacia la puerta de madera noble, lista para volver al salón y enfrentar a los invitados antes de que los rumores de nuestra desaparición juntos se descontrolaran por completo.

Cuando el cerrojo encajó y la puerta se cerró tras ella, Fenrir habló en mi mente con una voz pausada, casi burlona: «Te gusta».

Negué inmediatamente con la cabeza a la nada, apretando los dientes. —¿Es en serio, Fenrir? Obviamente no. Es un dolor de cabeza con patas.

«La respetas».

Silencio en mi cabeza. Porque eso sí era verdad, y no podía negarlo ni ante mi propia bestia.

«Y la respetas porque es tu igual», remató el lobo, cerrando el debate con la aplastante lógica de la sangre.

Me quedé solo en el despacho, mirando fijamente la madera de la puerta por donde acababa de salir. No respondí nada. Porque quizás ese era el verdadero peligro: durante años pensé que Lyra era mi rival irreconciliable porque éramos demasiado diferentes, pero la verdad era exactamente la contraria. Éramos demasiado parecidos.

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