Mundo de ficçãoIniciar sessãoDARIAN
Durante el resto de la fiesta, logré hacer lo que parecía imposible: no cruzarme con ella ni una sola vez. Me mantuve en el otro extremo del salón, bebiendo más de lo necesario y asegurándome de que Fenrir no intentara romper mis cadenas.
Al final de la noche, cuando el último invitado se marchó, la conversación con mis padres fue inevitable.
—Estás tenso, hijo —dijo mi madre, mientras caminábamos hacia la salida—. No puedes ignorar el vínculo, Darian. Es Lyra. Y, sinceramente, es la única mujer que te pondría en tu lugar.
—Es una insoportable —refunfuñé—. Solo piensa en sus reglas y en cómo llevarme la contraria.
—Es Alfa —respondió mi padre, dándome un golpe amistoso en el hombro—. Y tú también. Van a chocar. Siempre lo han hecho. Pero ahora tienen que aprender a gobernar juntos.
Mientras tanto, a unos metros de distancia, vi a Lyra hablar con su padre. Ella gesticulaba con rabia, señalando en mi dirección. Su padre, en lugar de parecer preocupado, se rascaba la barbilla con una sonrisa divertida mientras escuchaba la queja interminable de su hija.
Tres días después.
Nos reunimos en una sala privada del territorio neutral.
Cuando entré, Lyra ya estaba allí, sentada en una mesa que claramente ella había organizado a su gusto. Nuestros padres estaban sentados en los extremos, observando la escena con una calma que me ponía de los nervios.
—Llegas tarde —dijo ella sin mirarme, golpeando la mesa con un bolígrafo.
—Llego cuando quiero, Blackwood —respondí, sentándome en la silla de enfrente con un movimiento brusco—. Y quita esos papeles de mi lado de la mesa. Esa es mi zona.
—¿Tu zona? —Lyra arqueó una ceja, indignada—. Este es territorio neutral, Nightbane. El centro es mío. Si quieres espacio, vete a sentar a la esquina.
—¡Es que no me da la gana! —exclamé, golpeando la mesa—. Yo soy el Alfa de mi manada y no voy a dejar que tú decidas dónde me siento en una reunión de líderes.
—¡Pues actúa como un líder y deja de comportarte como un niño de cinco años! —gritó ella, levantándose.
—¿Yo? ¿Yo soy el niño? ¡Tú eres la que ha traído un mapa coloreado como si fuera un proyecto de escuela para decirme qué puedo y qué no puedo hacer en mis propias tierras!
—¡Es un mapa estratégico! —chilló Lyra, lanzando un documento al aire—. ¡Si no entiendes que mis patrullas tienen que pasar por el valle para ser eficientes, eres más corto de lo que pensaba!
—¡Mis patrullas no van a dejar pasar a tus lobos, punto! ¡Es mi territorio!
—¡Es un valle compartido, testarudo de primera!
De repente, una carcajada estalló en la sala.
Nos quedamos congelados, con las manos apoyadas en la mesa, mirándonos como si nos hubieran pillado en falta. Giramos la cabeza al unísono. Mis padres y el padre de Lyra se estaban riendo a carcajadas. El padre de Lyra tenía la cara roja de tanto reír y mi madre se estaba tapando la boca con un pañuelo.
—¿Les parece gracioso? —pregunté, sintiendo que me ardía la cara—. Estamos intentando organizar el liderazgo de dos manadas, esto es algo serio.
—Es que... —el padre de Lyra logró articular, secándose una lágrima— es que son idénticos a cuando eran cachorros y se peleaban por quién lanzaba la pelota más lejos.
—Mírense —dijo mi padre, tratando de recuperar el aire—. Están ahí parados, gritándose por un mapa, haciendo un berrinche monumental delante de sus padres.
—¡No es un berrinche! —gritamos Lyra y yo al mismo tiempo, girándonos hacia ellos con la misma cara de indignación.
Mis padres y el padre de Lyra se echaron a reír todavía más fuerte. Mi madre levantó las manos en son de paz.
—Perdón, perdón —dijo ella, aunque seguía sonriendo—. Es solo que la Diosa Luna tiene un sentido del humor muy cruel. Los obligó a estar juntos y los dos son igual de tercos. Sigan, sigan gritándose, esto es mejor que cualquier comedia.
Lyra y yo nos quedamos paralizados. La vergüenza nos golpeó a ambos al mismo tiempo. Me dejé caer en la silla, frustrado, mientras ella se cruzaba de brazos, con los labios apretados.
—Bien —dije, tratando de sonar más calmado—. Si vamos a hacer esto, dejemos de actuar como niños.
—Tú empezaste —murmuró Lyra, sentándose también, aunque sin quitarme la mirada de encima.
—Y tú me seguiste —respondí, bajando la voz—. Ahora, hablemos de cómo vamos a liderar esto sin que tengamos que matarnos en el proceso.
El padre de Lyra nos miró, todavía con una sonrisa burlona, pero asintió.
—Eso es lo que queríamos escuchar. Tienen cinco minutos para dejar de discutir por el mapa o les prohibimos salir de esta habitación hasta que aprendan a compartir.
Lyra y yo pusimos los ojos en blanco, pero, por primera vez, el ambiente cambió. Ya no éramos solo dos enemigos peleando por un mapa; éramos dos Alfas que, por primera vez, nos dábamos cuenta de lo ridículos que nos veíamos desde fuera. Y aunque la pelea no se había terminado, el berrinche al menos había cedido paso a la realidad.







