Parada en la puerta del ascensor, Luisa tenía la espalda rígida, sostenía fuertemente su bolso y miraba fijamente la familiar pero fría figura de Manuel, sin parpadear.
Fue solo cuando un grupo ruidoso de jóvenes llegó a su lado, riéndose y charlando, que el bullicio la despertó de su estado de ensueño. Con los ojos llenos de una frialdad intensa, se apresuró a entrar en el ascensor y presionó el botón del cuarto piso.
En la tienda, Blanca estaba hablando por teléfono con un agente inmobiliario,