Elena miró por la ventana de su oficina, un lugar que solía inspirarle con la vibrante vida de Barcelona, pero que ahora se sentía más como una prisión. Con cada mirada a la calle llena de gente y a los árboles meciéndose por el viento, su mente volvía a Lucía, quien estaba a miles de kilómetros en Nueva York, inmersa en el mundo del arte que ellas habían soñado construir juntas. La luz del sol filtrándose a través del cristal le recordó a las mañanas soleadas de su hogar, momentos en los que c