Capítulo cuarenta y tres

CAPÍTULO CUARENTA Y TRES

Abrí los ojos. El reloj de la pared marcaba las tres de la tarde. Estaba tumbada, miré a mi derecha, un ventanal me permitía ver algo de claridad, cubierta por algunos árboles. Estaba en el hospital. Seguía aturdida. Me costaba recordar cómo había llegado ahí. Pensaba que había muerto. La televisión situada frente a mí, colgada en la

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