La mansión se sentía más fría que nunca. Rebecca bajó las escaleras con una taza de café en la mano, esperando encontrar a Luciano en el comedor como todas las mañanas. Pero la sala estaba vacía. Completamente vacía.
Se quedó observando la mesa donde solían desayunar juntos, ese espacio que había aprendido a valorar durante los últimos meses. El pan tostado se enfriaba en un plato. Las flores que él siempre le traía ya no estaban.
—¿Señorita? —preguntó Georgina, la empleada doméstica, aparecien