Fanco no terminaba de creer lo que tenía ante sus ojos, mucho menos lo que había visto y todavía le costaba trabajo asimilar que, después de comerse tres bandejas de empanadas, Valeria todavía tuviera hambre.
—¿Ordenamos, amor? —preguntó Franco.
—¿Amor? ¿En adelante me vas a llamar así? —preguntó Valeria, algo sonrojada porque jamás hubiera creído posible que su jefe llegara a llamarla de esa forma y, menos aún, sentirse halagada de que él lo hiciera.
—Había pensado en “tragoncita”, pero quizá