Al mirar una segunda y tercera vez, Valeria no daba crédito a lo que tenía ante sus ojos. Franco estaba llorando, sentado en su silla ejecutiva y con la cabeza entre las manos. Valeria volvió a saludarlo y, cuando vio que sus palabras no parecían tener efecto en su jefe, se acercó, con cautela.
«Hoy debí vestirme con mi vestido de pañuelo de lágrimas. Solo espero que Franco no tenga otra historia de desamor».
—Señor, ¿se encuentra bien? —insistió Valeria, consciente de que la pregunta sobraba,