Al enterarse de que a Andrea le gustaba Franco, Valeria la miró como si acabara de detectarle un horrible sarpullido. No podía creer que a alguna mujer de verdad le pudiera gustar su jefe. Si bien era cierto que tenía unos ojos verdes preciosos, en los que se reflejaba la luz del día cuando el sol entraba en los grandes cristales de su oficina y se columpiaba en sus pestañas, largas y gruesas como las de un árabe, lo mismo que en su barba siempre corta y bien afeitada, de la que emanaba el embr