Una leve sonrisa se dibujó en el rostro de Darwin, no de felicidad, era de tristeza, una tristeza que le llegaba hasta el alma.
—Entonces bien puedes irte por dónde viniste, no pienso darte un solo centavo más, te di todo lo que por ley te merecías, incluso más de lo que merecias, te he dado demasiado, y no fue suficiente para ti que también robaste al conglomerado hasta el punto de casi llevarlo a la quiebra —dijo Darwin, quien se giró para caminar hacia la cocina.
—¡De aquí no me voy maldito