Consciente de que su bravuconería la iba a meter en problemas, Liya tomó un sorbo de vino y casi se atraganta con él mientras el hombre al final de la mesa permanecía impasible.
¿- Ya está? ¿Te has calmado?
¡- No! No del todo su alteza, confesó ella, sentándose en la silla; Me cuesta entender tu frialdad hacia mí.
- No tengo frío, señorita Gray, yo.
- ¿Señorita Gray? Repitió Liya cada vez más herida; Veo que estamos volviendo a las formalidades del principio.
- ¡Déjate de infantilismos! ¡Gruñó,