Sara abrió los ojos, desorientada por el dolor de cabeza que pulsó y la hizo apretar los párpados para tratar de acostumbrarse a la luz que había en ese sitio.
Era demasiado iluminado, el blanco y el dorado relucían cada esquina y borde de la habitación.
Se llevó las manos a la cabeza y se quejó por no tener como calmarlo.
Intentó sentarse, pero le llevó varios minutos poder lograrlo, todo era desconocido. Por un momento se esperanzó porque fuera Leonardo quien la había llevado a algún lugar