Cuando Demetrius llegó a casa estaba derruido, su madre lo observó, se acercó a él.
—¿Hijo?
ÉL estaba sentado sobre las escaleras.
—¡Déjame en paz! —exclamó con rabia, solo al verla.
—¿Me odias tanto?
—Te odio, quieres saber la verdad —dijo Demetrius con ojos llorosos—. ¡Si te odio! Antes no te odiaba, ni por todo lo que me has hecho, que ha sido mucho.
—¡Hijo! Solo he querido tú bien.
—¿Mi bien era casarte con un hombre que nunca me quiso? ¡Me golpeaba delante de ti, me menospreciaba ant