Calista
Mis ojos ardían de tantas lágrimas que había derramado, mi corazón con un enorme vacío ardiendo por el dolor, agonizando con cada palada de tierra sobre el féretro. Los brazos de Aetos me sostuvieron en todo momento, sin apartarse ni un segundo de mi y brindándome apoyo.
Jamás había experimentado un dolor tan agudo e infinito, sin saber cómo iba a poder vivir con solo recuerdos, sin escuchar sus regaños por trabajar hasta tarde o esas noches que subía a la terraza para dejarme una taza