Eric condujo sin mirar demasiado la carretera, más pendiente del peso que llevaba en el pecho que del volante entre sus manos.
El trayecto hasta la casa de Abel le resultó más largo de lo habitual, como si la ciudad se estirara a propósito para obligarlo a pensar en cada detalle, en cada palabra que Amanda había dicho durante ese almuerzo que aún le retumbaba en la cabeza.
Cuando por fin aparcó frente a la casa, no se quedó dentro del coche más de un segundo. Salió con paso firme, sin dudar, co