Edgar se frotó la cara con brusquedad, tratando de contener su ira. Tenía que volver a mantener las distancias con su mujer, ¿por qué tenía que repetirse esto otra vez? No podía soportar tener que volver a mantener las distancias con su mujer.
—Papá, mejor descansa un rato en tu habitación. No dejes que tu estado empeore—, le aconsejó Emeliando.
—Vania, acompaña a mi padre a su habitación. Llama también a su médico personal».
«Sí, señor». Vania ayudó al abuelo Athur a dirigirse a su habitación