Los laberínticos pasillos de la universidad estaban desiertos, el sol del atardecer proyectaba largas sombras sobre los suelos de mármol. Darius e Isabella se movían silenciosamente entre las columnas, sus pasos amortiguados por la vasta extensión de los antiguos pasillos. Cada paso era una danza de anticipación, que los llevaba a un nicho escondido, donde la hiedra se enroscaba alrededor de las ventanas góticas y el mundo parecía contener la respiración.
—Aquí. —susurró Darius, su voz era un e