Bajo el pálido resplandor de la luna, Daniel estaba de pie frente a su mochila, su silueta rígida contra la luz plateada. Su voz, profunda y autoritaria, atravesó el aire fresco de la noche como una espada.
—Con las primeras luces del amanecer, quiero que se limpien todos los rastros, todas las sombras. Nicolli se ha llevado a Darius y llevaremos a nuestro cachorro a casa. —rugió, con los ojos encendidos, con una determinación salvaje. Murmullos de asentimiento resonaron entre los lobos reunido