La emoción de poder salir a terminar mis estudios, me hace sonreír toda la mañana y toda emoción se duplica, cuando tocan a mi puerta, trayendo a mi pequeño. Llevaba menos de veinticuatro horas sin verlo, pero sentía que había pasado un siglo sin él.
Por lo que, emocionada, me siento en la cama para darle pecho. Mirando al pequeño, la copia de su padre, me ruborizo al recordar cómo horas antes, se atrevió a pegarse a mis pezones como ahora lo hace su hijo.
‘Sin duda, Alessandro no tiene límite