La oficina olía a sándalo y café.
Había ensayado esta conversación cien veces desde el viernes. Tenía guiones mentales para disculparme y para mantener una distancia profesional estricta. Pero nada me preparó para estar cara a cara en la guarida del depredador.
La oficina era intimidante. Los ventanales mostraban todo Manhattan y los muebles de cuero negro gritaban poder corporativo. Pero detrás del escritorio, un gran estante contaba otra historia.
Entre los premios de la industria, había una