Marcus merecía algo mejor que un padrino lleno de secretos. Merecía la verdad.
El whisky no estaba funcionando. Era un pura malta de veinticinco años, bajaba suave pero ardía como el infierno, y aún así no lograba borrar el recuerdo del rostro pálido de Aria cuando se desplomó en la sala de juntas esta mañana.
Tampoco lograba callar la voz en mi cabeza que me gritaba traidor cada vez que Marcus me sonreía.
—¡Por el novio! —gritó James, mi hermano menor, levantando su vaso—. ¡El hombre que conve