Los salones de novias olían a tul y sueños rotos. O tal vez solo eran mis náuseas matutinas.
Estaba sentada en un sofá de terciopelo en la suite VIP de la boutique más exclusiva de la ciudad, aferrada a un vaso de agua con gas como si fuera un salvavidas. El aire era espeso, cargado de olor a lirios, perfume caro y una alegría agresiva. Para cualquier otra persona, esto era una fantasía. Para mí, era una cámara de tortura con candelabros de cristal.
—Oh, por Dios —suspiró mi madre, Elena, llevá