Me quedé completamente petrificada, congelada bajo el marco de la luz matutina que inundaba la habitación de Magnus.
El peso del pequeño cuerpo de ese niño aferrado a mis piernas, hundiéndose en los pliegues de la bata de seda, detonó una descarga eléctrica que me recorrió la espina dorsal.
Su voz infantil, ese grito desesperado llamándome "mamá", perforó mis oídos y destrozó la precaria realidad que apenas intentaba asimilar.
El mundo a mi alrededor, sobre todo la imponente figura de Magnus