Pasamos horas en ese pequeño santuario de luz.
Leímos dos de sus libros de cuentos preferidos.
Leo me leía los pasajes más sencillos y yo completaba las voces de los personajes, haciéndolo soltar carcajadas limpias que resonaban por toda la galería.
Trajeron una bandeja con fruta fresca y galletas de avena que compartimos sobre la alfombra, riéndonos cuando las migas caían sobre sus pantalones.
A medida que la tarde avanzaba, el cielo de Chicago fue cambiando de tonalidad, pasando del azul b