El aroma a maderas nobles, cuero y la sutil calidez de la piel de Magnus flotaba impregnado en las sábanas de seda cuando abrí los ojos.
La luz dorada del sol matutino atravesaba los ventanales de la suite matrimonial de la residencia en Gold Coast, proyectando sobre el techo un encaje luminoso de sombras y resplandores que traían una paz casi sagrada.
Por primera vez en meses, al despertar no sentí la opresión helada del pánico en el pecho.
Las secuelas del sedante y la neurotoxina habí