—Parece que no tienes suerte aquí, Valerie. La empresa va a ser mía —dijo Cynthia, reclinándose aún más en mi sillón con una sonrisa victoriosa que me revolvió las entrañas.
Me quedé de pie frente al escritorio que había pertenecido a mi madre, sintiendo cómo una corriente de aire helado me recorría la espina dorsal.
Miré a mi hermana, a quien en la intimidad de mi desprecio seguía asociando con la sombra superficial y manipuladora y toda la red de víboras que me rodeaba, y no pude evitar r