Magnus
El peso de su cuerpo dormido contra mi pecho era la única constante en un universo que acababa de reconfigurarse por completo.
La penumbra de mi habitación solo estaba rota por el tenue fulgor de las luces de la ciudad que se filtraba a través de los ventanales de cristal del ático.
Chicago seguía allá abajo, ardiendo en su propia vorágine de ambición, mentiras y pactos traicioneros.
Pero aquí arriba, el tiempo se había detenido.
El aire olía a nosotros, al aroma dulce de su piel hume