Abril estaba acurrucada en el sofá, abrazando un peluche de gato. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y la voz ronca de tanto sollozar.
—Nube... ¿De verdad no va a volver nunca más...?
Damián estaba sentado a su lado, con el ceño fruncido. Golpeó dos veces su rodilla con los dedos y respondió, conteniendo la impaciencia:
—Ya consulté al veterinario. No había nada que hacer. Si de verdad estás tan triste, te compro otra gata. Las que quieras, hasta diez.
—No quiero otra gata. ¡Yo quiero a Nu