Al escuchar esas palabras, Mariana sintió un nudo en la garganta y sus ojos se llenaron instantáneamente de lágrimas.
Comparado con el hecho de que Walter no la amara, sus palabras mordaces eran como innumerables agujas que la hacían difícil respirar.
Al verla así, ahogada en sollozos, Walter se sintió como un general victorioso, completamente satisfecho. —¿Por qué lloras? ¿Acaso dije algo mal?
Extendió la mano y le levantó la barbilla. Esos ojos, que normalmente eran amables, ahora parecían dos