Después de un breve paso por el baño, me encuentro cargando a Milena en mis brazos. Su cuerpo, ligero pero tenso, descansa contra mi pecho mientras la llevo hacia el ascensor. Ella, mareada y visiblemente agotada, se aferra a mí con fuerza, como si fuera el único punto de apoyo en el que puede confiar.
—Se siente tan rico tenerte solo para mí —balbucea, sus ojos cerrados, sus palabras apenas audibles.
—Necesitas descansar —le digo, mi voz suave pero firme, intentando calmarla.
—Quédate conmigo,