—Un imbécil me tocó el trasero y lo abofeteé. Tenía controlada la situación, a no ser por el imbécil pervertido que se entromete y se arma un alboroto enorme. Cuando el jefe salió de su oficina, me miró y frente a todos me despidió.
—Sin que te moleste —me detiene levantando la mano—. Sé que lo odias por el beso, pero un caballero hace eso, defender a una mujer.
—No le pedí que lo hiciera. Ya antes he pasado por eso y nunca ha llegado a mayores, y encima termina besándome para calmarme. ¿Puedes