Las primeras columnas de humo se alzan a la distancia. No están cerca, pero tampoco tan lejos como para ignorarlas. Se alzan más allá de los bosques del norte, cruzando los límites exteriores de Elyndor, en aldeas que, hasta hacía poco, no conocían el sonido del acero ni la sombra del terror. La guerra ha comenzado.
En Alejandría, la noticia llega cuando los soldados aún entrenan en los campos. Un mensajero irrumpe jadeante, la ropa desgarrada y manchada de barro. Sus ojos, enloquecidos por el