La oscuridad era abrumadora, arrastrándome hacia un vacío donde el tiempo dejaba de existir. Todo estaba en silencio; las voces se convertían en ecos lejanos, y me sentía como si me alejara de la realidad en una espiral. En algún lugar de esa oscuridad, sentí una oleada de calor y dolor tan intenso que amenazó con consumirme.
Entonces, poco a poco, la luz empezó a abrirse paso. No era brillante ni cegadora, solo un tenue resplandor como los primeros rayos del amanecer asomándose entre las pesad