Desperté con un dolor de cabeza peor que cualquier resaca que hubiera tenido. Parpadeando ante la intensa luz de la mañana, me di cuenta de que estaba sola. Antonio se había ido.
Me incorporé, con la mente a mil por hora. ¿Cómo pude ser tan tonta? Me dejé llevar por la curiosidad, por el deseo que sentía por él. Me engañó, me usó, y ahora se ha ido. Sentí una oleada de vergüenza y rabia. Me vestí a toda prisa, con movimientos bruscos y furiosos.
No podía creer que me hubiera dejado engañar así.